ImageEl camino que mi guía me ha hecho recorrer desde las puertas de Jerusalén, es el que recorrió Nuestro Señor después de la Cena.  He ahí el barranco del Cedrón, he ahí el valle de Josafat, he ahí la colina de Scopus.

La tristeza del jardín actual, con sus olivos, que, según los frailes, son los mismos de hace dos mil años, tienen que haber atraído al Nazareno en la noche más lamentable de su existencia.

"Mi alma está mortalmente triste" –dice a sus discípulos al acercarse a las faldas del monte donde quiere orar.

Y luego, alzando los ojos hacia el cielo, exclama: –“¡Padre, si podéis y todo lo podéis, apartad de mi este cáliz!”.

Su alma, su alma de hombre, su alma de Hijo del Hombre, sufre todas las angustias, todos los dolores, todas las incertidumbres, todos los abandonos. Su Padre lo abandona visiblemente. Sus apóstoles, también.

Una amargura infinita invade su espíritu. El heroísmo de su alma divina se desvanece. Ante la muerte cercana, no es el Mesías el que habla, es el hombre el que tiembla. Pero este hombre, en esta noche, resulta más santo que un Dios, porque es el Dios hecho verdaderamente hombre, el Dios que siente las cobardías, que saborea las traiciones, que acepta las humillaciones.

Y por eso sufre como sufren los mortales, por eso tiene sudores de sangre, por eso deja oír los quejidos de su pobre voz humillada.