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Treinta años van a cumplirse desde el día en que abandoné la casita florida en que nací. ¡Treinta años!... Y todavía ahora, en los momentos de vaga melancolía, oigo el murmullo de la fuente que cantaba en mi patio blanco su eterna canción de cristal... Todavía oigo el concierto de turpiales que en las mañanas de la perpetua primavera americana despertábame dándome consejos de amor. Dicen que la ciudad había cambiado en estos últimos veinte años, convirtiéndose en una de las más hermosas capitales de América. Estoy seguro, no obstante de que siempre conservaba la gracia andaluza de sus rejas y de sus surtidores, la languidez voluptuosa de sus jardines, la alegría de sus ventanas floridas, la elegancia severa de sus tapias blancas, la animación de sus tardes de rosa y oro. Yo, por lo menos, así la sueño siempre, y así pensaba verla algún día antes de morir. ¡Cuántas veces, en mis horas de nostalgia, una voz interior me murmuraba, en el fondo del alma, una invitación al retorno hacia los lares lejanos, cuya imagen era una promesa de paz, de dulzura, de quietud espiritual! "Ven, ven pronto, decíame esa voz." Yo lo dejaba para más tarde, para después de un libro... para después de un idilio... para después de la guerra... Al fin y al cabo, una ciudad tiene siempre tiempo de esperar a un hijo pródigo.

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Ocho días llevamos recorriendo las regiones en las cuales se desarrolló la inmensa tragedia del Marne, y en todas partes el mismo espectáculo nos sorprende: un espectáculo de desolación, de luto y de miseria, suavizado por la incurable sonrisa de la raza. ¡Sublime pueblo francés, que sabe, aun en los días más dolorosos de su historia, cuando el invasor huella aún su suelo, cuando las llamas de los incendios devoran aún sus tesoros, cuando sus campos están aún cubiertos de cadáveres, encontrar la fuerza necesaria para sonreír! Ha bastado que una promesa de victoria ilumine el alma de la patria, en efecto, para que todos, los hombres como las mujeres, los ancianos corno los niños, olviden sus penas y gocen de la esperanza.—Ahora—dicen los aldeanos de la Brie y de la Champaña, después de referir lo que padecieron hace tres meses—, ahora ya no hay peligro de que vuelvan. Y esta sola idea los consuela, los anima, los calma, los enardece. La misma avaricia, que es el mayor defecto, o la mayor virtud, del campesino que baña la tierra con el sudor de su frente, desaparece en la tormenta actual. Todo lo que tienen lo ofrecen para continuar la lucha y alcanzar el triunfo definitivo. Han dado sus hijos, lo que no es mucho. Han dado su trigo y sus caballos, lo que es más.

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